Procesos históricos a animales, el asno era el juez

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¡Pasen y lean, es todo cierto!:
En 1520 la carcoma se ensañó de tal forma con el trono del obispo de Besançon que se vino abajo dejándole idiota del golpe. No lo digo yo, lo dicen las crónicas. Para evitar que llevasen la carcoma al banquillo, el abogado Bartholomé Chassenée argumentó:
1) que había que citar a sus clientes individualmente
2) que el tribunal no tenía jurisdicción
3) que no podía juzgarse a la carcoma in absentia
4) que no había pruebas de que sus clientes tuvieran conocimiento de sus citaciones o estuvieran en situación de desplazarse hasta el tribunal.  
Tampoco se las pudo excomulgar, porque al carecer de alma nunca habían comulgado. ¡Qué jodío, el abogado!
Peor defensa tuvo un gallo transexual que puso un huevo, ya que ambos acabaron quemados en la plaza del mercado, según la Petite Chronique de Bâle, o el enjambre de abejas condenado a muerte por haber asesinado a un vecino del condado de Worms (864). Claro que, como hoy tanta morralla  en internet, los libelos y almanaques que relataban semejantes trapisondas merecen una credibilidad más bien baja. Lo que sí reflejan , desde luego, es la estupidez y el desprecio al animal como dos constantes en nuestra especie.
Famosas son por ejemplo las crónicas de Ambrose Paré (Monstruos y prodigios, publicado en España por Siruela en 1987, y próximamente aquí); famosas, sobre todo, por su desbocada fantasía. Dice (y pinta) que en 1257 una yegua parió cerca de Verona un potrillo con cabeza de hombre, a cuyos lamentos -de voz humana- acudió un aldeano, el cual, horrorizado, lo mató a golpes allí mismo. Llevado a juicio, el individuo fue absuelto al considerarse que “el espanto le había cegado”.
Y no quiero cerrar este post sin mencionar el caso opuesto: la antigua costumbre etíope de declarar emperador a un perro del cual interpretaban sus caninos designios. En tanto que movía la cola es que todo iba fetén, pero si ladraba a un súbdito éste era automáticamente ejecutado. No por etíope ni por antigua, pero una costumbre de mierda, la verdad.

javier malaparte

Yo me entiendo y bailo solo

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