Interiorismo carpetovetónico I. Hoy, el radiocabecero

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Inauguramos una nueva sección dedicada a la Alta Decoración Celtibérica, donde repasaremos muebles singulares, otrora imprescindibles y hoy condenados al ostracismo.
Por ejemplo, un tálamo conyugal de la clase media-baja española no era merecedor de tal estatus sin un transistor empotrado encima. Yo lo llamo radiocabecero y es inevitable preguntarse cuántas parejas, agarradas con ambas manos a sus conmutadores, se habrán ayuntado al calor de la Frecuencia Modulada los sábados por la noche.
El mueble en cuestión causó furor a finales de los años 70, y solía alternar luces y rejillas con chapas fantasía, acabados en semipiel y mukaly... y como absurda prestación añadida, para demostrar que iba en serio, mandos independientes a cada lado de la cama. Que se sepa eso no insonoriza y el radiocabecero se convirtió en un trasto que no servía para nada. De ahí que se extinguiese abruptamente, como los dinosaurios, aunque todavía puedan encontrase vestigios en hotelitos lumpen de carretera con hilo musical.
Por sacar algo positivo de esta historia, el radiocabecero no tuvo la culpa que nos empeñásemos en fabricarlo a juego con el peinador y acabase perpetuándose en el dormitorio a falta de presupuesto para redecorarlo entero. Es verdad que le pasábamos el Politus con mala hostia, pero hoy, superado el odio, estos armatostes melanímicos merecen una segunda oportunidad pues conservan el nada despreciable encanto del vintage-cañí y la memoria de muchos, muchos sábados por la noche.


javier malaparte

Yo me entiendo y bailo solo

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