Las tribulaciones de Antonio Rivera, el hombre que mataba sin odio

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No existen copias de seguridad de la Historia. Habrá que creer eso de que, cercado por el enemigo, rosario y rifle en mano, y viendo que iba a palmar, un hombre -qué digo un hombre: ¡un proto hombre, un hijo de la raza, un santo seglar, un cruzado!- arengaba a sus compañeros del Bando Nacional con estas candorosas palabras:  "Disparad, pero disparad sin odio".
Quién sabe. Puede que defendiendo legítimamente su pellejo; cagado de miedo, como cualquiera; o en un delirio místico, quizás, nuestro protagonista llegase a proferir una incongruencia por el estilo. Así se forjan los héroes: salvando el alma del enemigo batido y el propio cuerpo.
Interludio. Recuerdo que cierto profesor medio idiota nos reprochaba, como generación universitaria, no haber conocido la guerra. Automáticamente se proyecta en mi occipital un teléfono, tal y como lo ví expuesto en el Alcázar de Toledo hace ya más de una década. Y por fin vuelvo a Antonio Rivera Ramírez († 1936), el mártir que en ese mismo lugar resumió toda la heroica villanía de las guerras con su antológica -por absurda- máxima para matar piadosamente.
El teléfono del que os hablo era negro, de baquelita, y se exponía como reliquia dentro de una quesera: un must de la visita antes de la reforma del Alcázar, cuando todavía se jactaba de ser un reducto franquista, lúgubre y bochornosamente anacrónico. A través de él tuvo lugar la última conversación entre el general Moscardó y su hijo, preso de los republicanos que asediaban el edificio, y recreada por megafonía ("¿Qué hay, hijo mío?" / "Nada, que dicen que me van a fusilar si el Alcázar no se rinde, pero no te preocupes por mí",etc).
Junto a los sublevados se atrincheraba Antonio Rivera Ramírez, que pasaría a ser conocido como el Ángel del Alcázar por defenderlo a cañonazos sin odiar ni pizca a sus enemigos. Fantasean pomposamente las crónicas, usando la épica barata del subgénero, con que cuando una bomba de mano arrojada por un miliciano rojo acabó volándole el brazo iquierdo: "...no se desvaneció. Conservando su admirable entereza permaneció en pie y gritó: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!" (ABC, 1963). Precioso todo.
Termino ya. La moraleja, si la hay, es que una guerra puede convertir los crímenes en actos irremediables de misericordia. Si hubiera vencido el bando contrario las placas de las calles recordarían a otro héroe disfuncional cuya muerte, en palabras del cronista, de seguro habría sido también "bellísima y dichosísima, el remate glorioso y brillante del sólido edificio de su vida."

javier malaparte

Yo me entiendo y bailo solo

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