El mundo sigue: cine en tiempo de silencio (Fernando Fernán Gomez, 1963)

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No sería raro que el culto a la obra de Fernando Fernán Gómez († 2007) crezca con el paso del tiempo y aquél grito suyo de "¡a la mierda!" que amenazó con caricaturizarle devenga en el involuntario pero, sin embargo, perfecto epitafio de un genio. Reestrenada de forma simbólica este mismo año, "El mundo sigue" tal vez no sea la película perfecta que algunos nos empeñamos en ver, movidos por nuestro deseo común de reivindicar a su director. Lo que no puede negarse, pese a su tremendismo y redundancia, es su valor como cine de un Tiempo de silencio.


Y menciono ese libro -no el texto original de Zunzunegui- porque todo ocurre en ese Madrid nebulizado de pena y asco que describía Luis Martín-Santos, lleno de analfabetos emocionales, de seres estafados por la vida que se enroscan como lombrices (lo que durante unos años los snobs llamarían, alegremente, miserabilismo). "El mundo sigue", igualmente en clave de monólogo, es la historia de odio como vínculo perfecto entre dos hermanas que envidian la felicidad (supuestamente) en posesión de la otra. La historia, también, de un país podrido de misoginia. Y, por momentos, la representación de Qué fue de Baby Jane en un ático sobre el antiguo barrio de Maravillas.


Añado:  "El mundo sigue" es también la historia de una escalera. Subiendo por ella rebobina en su memoria la hermana puta, utilizando un sorprendente montaje que ningún cinéfilo debería perderse. Por la misma baja sin tocar los peldaños la hermana virtuosa, y en un recoveco en lo alto, a oscuras, se agazapa el personaje de Fernán Gómez, capaz de fascinar y repugnarnos más que ninguno. Una última imagen suya contando fajos de papel es casi tan espeluznante como la que poco después cierra la película, ese tipo de secuencias contra las que uno ya se cree inmunizado hasta que te revienta en la cara. Y cuesta creerlo, pero si no hubiese sido un proyecto siempre en doble fila, husmeado por la censura y relegado a film de culto, probablemente ahora mismo estaríamos hablando de algo todavía más grande.

javier malaparte

Yo me entiendo y bailo solo

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